Diecisiete minutos. Eso le bastó a al nuevo presidente de Estados Unidos para alzarse del llano anonimato a la alta fama.
Algunos llaman "El Discurso", así, con mayúsculas, a esa breve intervención en la Convención Demócrata en 2004, para la que había sido elegido orador gracias a la impresión que su ya persuasiva retórica había causado en los líderes de su partido.
Llegó a Boston con un pasaje de avión pagado por un canal que quería entrevistarlo.
Por su apellido sospechoso, Obama fue separado de la fila en el aeropuerto y exhortado a permanecer quieto y descalzo mientras un policía le pasaba un detector de metales.
La televisión de aire no transmitió su discurso.
Pero sí subió al estrado desconocido, bajó famoso, y de repente se halló perseguido por periodistas y fotógrafos, saludado por policías.
Cuatro meses más tarde, era senador por el estado de Illinois, y cuatro años después, el primer negro con posibilidades reales de convertirse en presidente de Estados Unidos.
Luego de los dos mandatos del republicano George W. Bush, marcados por los atentados y las guerras y finalmente por la crisis financiera, su mensaje de cambio cautivó a millones en su país y en otros del mundo, en un verdadero fenómeno sin fronteras.
La candidatura para la Casa Blanca coronó el fulminante ascenso de un hombre de vida tan versátil como ambulante, que frecuentó de niño los rincones exóticos de Hawaii en Indonesia y que en su juventud caminó las calles de la indigencia en Chicago y los pasillos y aulas del privilegio en...
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